
El trabajo de ciertos portadores de la cultura en la actualidad se caracteriza por una crítica constante, acompañada de una noción precaria y contradictoria, a las bellas artes, y desde una perspectiva que se aleja de la noble intención de democratizarlas. Las desvaloriza de tal modo que, aunque en ocasiones no lo parezca, es un asunto desfavorable al cumplimiento de “políticas culturales” implementadas en los últimos años. Acción que apunta hacia una posible confusión de las diferentes practicas de la vida cultural y, más aún, de la cultural local.
Sí bien es cierto que en el contexto venezolano las llamadas “bellas artes” están en manos de elites, no quiere decir que la valoración de la cultura popular deba estar reñida con estas, sino más bien, es necesario nutrirlas mutuamente para elevar el nivel de ambas como esencia integradora del desarrollo de la nación.
Abordar el debate sobre el tema de la cultura, requiere, en primer lugar una distinción entre las diversas manifestaciones culturales, incluyendo todas las artes y sus múltiples formas de expresión con la finalidad de que cada sujeto pueda crear significaciones desde su propia consciencia.
Parafraseando a Fidel castro: “La cultura es espada y escudo de la nación” y conocerla a profundidad, con todo aquello que le acontece, es también zafarnos de las amarras que han originado los conceptos ya preestablecidos por las clases dominantes, asumiendo así los compromisos de un momento histórico que conlleve a transformaciones visibles de nuestra sociedad.
Cristina Martín
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